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El Libro de la Semana: “Paisajes en Movimiento”, de Gustavo Guerrero

Cultura

20/04/2018 Literatura

El Libro de la Semana: "Paisajes en Movimiento", de Gustavo Guerrero

El escritor y editor Damián Tabarovsky analiza la última novedad del catálogo de ensayos de Eterna Cadencia: "Paisajes en movimiento. Literatura y cambio cultural entre dos siglos", de Gustavo Guerrero.

Por Damián Tabarovsky

Hace casi sesenta años, en 1959, Harold Rosenberg publicó "La tradición de lo nuevo", en el que realizaba un doble movimiento. Uno -que no tiene mayor importancia para nosotros en esta reseña- residía en instalar a los Estados Unidos, y particularmente a Nueva York, como la nueva capital del arte mundial. Otro, sobre el que vale la pena reparar, consistía en darle una dimensión historicista a la idea de ruptura. Es decir, hacia los años 1960, la tentación de lo nuevo, de novedad absoluta, propio de las vanguardias de finales del siglo XIX y principios del siglo XX, ya tenía una tradición detrás de sí. Tradición paradójica: ¿puede la búsqueda de lo nuevo ser una tradición? Sí. Pero a condición de que esa búsqueda sea siempre móvil, en movimiento, nunca quieta. La tradición no es nunca un museo, un mausoleo, una foto fija, sino un espacio cargado de tensiones, de conflictos, de toda clase de inestabilidades.
Rosenberg detecta que el arte moderno y contemporáneo hace de la novedad su tradición. Pero la crítica literaria y de arte, desde mucho antes, vive bajo la invocación de lo nuevo. El trabajo del crítico reside en encontrar la novedad allí donde no se ve. En describir cómo irrumpe el cambio, cómo se articulan nuevos sentidos y nuevas estéticas. En encontrar síntomas, huellas, rastros de nuevas escenas en el presente. Porque la crítica se escribe en presente. Piensa el presente -ese tembladeral- como su horizonte de discusión.
"Paisajes en movimiento. Literatura y cambio cultural entre dos siglos", de Gustavo Guerrero, se inscribe plenamente en esta tradición. Desde el título hasta la última línea del libro, Guerrero apunta en esa dirección, que es la de trazar un mapa de la cultura contemporánea, o mejor dicho, de algunos aspectos (“paisajes”, los llama el autor) de la cultura latinoamericana de fin del siglo XX hasta la actualidad.
Presentados en tres, el primer paisaje (llamado “del tiempo”) toma a la poesía reciente latinoamericana para pensar precisamente la cuestión del presente. Guerrero elige la conferencia de Octavio Paz al recibir el Nóbel en Estocolmo como la pieza paradigmática de una nuevo “régimen de historicidad”. Titulada “La búsqueda del presente”, Guerrero extrae la conclusión de que para Paz “después del pasado y el futuro, le toca al presente erigirse en la instancia que organice la relación de nuestras sociedades con el tiempo”. A fines del siglo XX el futuro -entendido bajo el ideal del progreso o incluso del sueño revolucionario- había dejado de ser el dador de sentido en el presente. El presente ya no se organiza como la antesala de aquello que irremediablemente va a arribar, como una ley necesaria que traería la igualdad y la felicidad. El derrumbe de la Unión Soviética en 1989 -como punta de un iceberg- marca simbólicamente ese momento. Pero el pasado también perdió su capacidad de organizar el presente, como si el presente fuese solo la desembocadura del tiempo pretérito. Paz expresa un gran optimismo frente al presente, a la apertura que implicaría esa temporalidad contingente. Guerrero acierta al pensar críticamente ese optimismo, y en devolverle al presente lo que tiene (y tiene sobre todo) de oscuro, de incierto, de frágil.

Guerrero tiene un innegable talento para elegir las citas y frases sobre las que se apoya para su análisis”

El segundo paisaje es el del mercado. Guerrero se detiene en los cambios editoriales, en los tremendos y terribles procesos de concentración editorial. Destaca el surgimiento de las nuevas editoriales independientes latinoamericanas como novedad, y en las estrategias de algunos autores -como César Aira- de incorporar la circulación de sus libros como parte de una estrategia estética radical. Entre medio, Guerrero analiza algunos textos ya canónicos sobre el tema (“Los demasiados libros”, de Gabriel Zaid, “La edición sin editores”, de André Schiffrin) para llegar a una adenda final (“Entonces/Ahora”) en la que propone una hipótesis por demás interesante: “Pareciera que, en más de un sentido, el papel que las revistas literarias cumplieron durante buena parte del siglo XX como vehículos de políticas y propuestas estéticas hoy se ha transferido a ciertas editoriales, y se refleja tanto en la formación de sus catálogos como en una intensa actividad de comunicación que desarrollan a través de sus portales, redes sociales y blogs asociados”.
El tercer paisaje propone a “La nación” como asunto. A la pervivencia de la cuestión nacional o a su crítica frontal. Los trabajos de Ludmer, Sarlo, García Canclini sirven de piso para sostener la discusión. La promesa del fin de los estados-nación, propia de los 90, no se ha cumplido y “la inmensa mayoría del arte y la literatura que se produce y se consume, sigue teniendo como contexto cultural los marcos nacionales y solo una pequeña parte entra en las dinámicas de los mercados globales”. E inmediatamente, sin embargo, agrega que “la literatura ya no puede ni quiere desempeñar el mismo rol protagónico que cumplió en el pasado en lo que toca a la nación (su papel pedagógico, estructurado, edificante), pero sí vive su crítica y descentramiento como parte del proceso de descomposición de un orden”.
Al pasar, Guerrero tiene un innegable talento para elegir las citas y frases sobre las que se apoya para su análisis. Aquí una hermosa y cruel, de Antonio José Ponte: “Una tarde en La Habana (…) convence de inmediato de que el tiempo no camina. El pasado se pierde fácilmente de vista, no hay pasado. El futuro no acaba de llegar, y se está dentro de un presente fijo. Así pues, cumplir veinte años en Cuba es tener veinte años para siempre. Puede tratarse de un hermoso don o de una maldición refinada”.
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