Compartir en Facebook

El libro de la semana: “Suicidio”, de Édouard Levé

Cultura

15/09/2017 Libros

El libro de la semana: "Suicidio", de Édouard Levé

Édouard Levé se quitó la vida días después de entregar este libro terminado a su editor. Cuenta la leyenda que el editor le preguntó si el libro no estaba anunciando su muerte.

Por Graciela Speranza

"Mis ideas son más esenciales a mi estilo que mis palabras", escribe el francés Édouard Levé en su aluvional "Autorretrato" (2005), mil cuatrocientas frases descoyuntadas que se suceden sin cronología ni relato, entreverando gustos, manías, fobias, recuerdos, iluminaciones fugaces y listas de todo tipo en un único párrafo de noventa y tres páginas. Y es cierto: la idea sorprendentemente próspera de un autorretrato hecho de mínimos destellos autobiográficos brilla más que la prosa seca y el "estilo chato de los informes policiales" que Levé dice preferir en otra de las mil cuatrocientas frases.
Es el tercero de los cuatro libros que se alternan en su obra breve y compacta con una decena de series fotográficas, pero Levé ya había hecho gala de su audacia conceptual en el primero, "Ouvres" (2002), una prolija enumeración de 533 ideas de obras todavía no realizadas a excepción de la primera ("un listado de obras que el autor ha imaginado pero todavía no realizó"), que coincide con el libro que el lector está leyendo. El juego especular entre proyecto y obra, presente y futuro, arte y vida, se continúa en tres ideas de series fotográficas que Levé concretaría muy pronto (retratos de desconocidos con nombres de artistas o escritores famosos, acrobáticas escenas pornográficas con gente completamente vestida, fotos de ciudades de los Estados Unidos con nombres de ciudades de otros países), pero se vuelve casi macabro en su último libro, "Suicidio" (2007), que extiende el autorretrato del anterior y realiza lo que dicta la letra en el título con una simetría y una eficacia conceptual que asusta. La estremecedora escena de suicidio que se cuenta hacia el final de "Autorretrato" (un amigo de juventud sale de su casa con su mujer para ir a jugar al tenis, pretexta haberse olvidado la raqueta, vuelve a la casa, baja al sótano y con un fusil cuidadosamente preparado se pega un tiro en la cabeza) es la misma que abre "Suicidio", amplificada en un retrato de noventa y tres páginas del joven suicida que Levé entrega a su editor pocos días antes de ahorcarse. Levé había nacido con el año un 1° de enero de 1965 en Neuilly-sur-Seine y murió en París en otra orilla del Sena en 2007, a los 42 años.
Hurgando en el misterio de la muerte del amigo, "Suicidio" completa "Autorretrato" en más de un sentido y prologa el propio suicidio. Escrito en segunda persona, avanza sin rumbo fijo enumerando gustos, manías, fobias, recuerdos, iluminaciones fugaces, sueños y tratamientos inútiles con antidepresivos ("Te recuerdo al azar. Mi cerebro te resucita a través de detalles aleatorios"), pero es menos anárquico y más narrativo que el autorretrato y, en un juego de reflejos perturbadoramente complejo, va dejando que la referencia firme del pronombre se diluya. El "tú" que invoca al amigo alcanza al autor en una especie de autorretrato oblicuo y también al lector, invitado a ser testigo de la lucidez final del suicida. Pero el tour de force conceptual que se resume en el título (la más macabra de todas la ideas que Levé haya proyectado y realizado) hace de "Suicidio" un libro único, que cambia el clásico dilema de arte y vida por el de arte y muerte, y lleva la fluidez de lenguajes y medios que alentaron los experimentos conceptuales a un género inédito: ¿Autoficción fúnebre? ¿Novela performativa? ¿Performance lúgubre? Si el mismo Levé definió su primer libro como una obra "pre-póstuma", el último se lee como una dilatada nota de suicidio, cifrada en una novela premeditadamente póstuma.
"Tu suicidio se ha transformado en el acto fundacional", anota Levé anticipando su propio destino, "y tus actos anteriores, a los cuales creías liberar del peso del sentido con ese gesto que te gustaba por absurdo, se ven por el contrario enajenados". También su muerte reescribió toda su obra, la reordenó desde la última y lo convirtió en autor de culto. El contexto acabó por subsumir al texto y la performance funesta opacó la singularidad de una obra también única por sus méritos estéticos. "La obra no es la idea", había escrito también en "Autorretrato" y, aunque la frase parece contradecir a la otra que consagra al concepto en desmedro de la retórica, es precisamente en la tensión entre el fulgor de la idea y la forja literaria propia que la obra de Levé va ganando espesor desde el conceptualismo duro de "Ouvres" hasta la excepcionalidad formal y la hondura existencial de "Autorretrato" y "Suicidio".
Como en los retratos de desconocidos-célebres o en las escenas pornográficas de cuerpos vestidos, las paradojas desacomodan, extrañan la percepción, sacuden las "ideas recibidas". Clasicista en la gramática y anárquico en el montaje, económico en la sintaxis y desmedidamente profuso en la simultaneidad de los detalles, distante y repentinamente próximo, el arte de Levé vibra con pulsiones contradictorias y consigue la rara proeza de cargar de expresividad los recuentos más inexpresivos y dar vida emocional al formalismo más frío. Aunando los poderes de la imagen y del texto, alumbró una forma del relato como un paradójico "panorama óptico", un "objeto tridimensional" capaz de representar todas las caras al mismo tiempo. No sorprende que ahondando en las paradojas, su nota oblicua de suicidio quiera insuflar aliento vital a los sobrevivientes: "Tu suicidio hace más intensa la vida de quienes te sobrevivieron. Si los acecha el aburrimiento, o si el carácter absurdo de sus propias vidas queda en evidencia al reflejarse en algún espejo cruel, te recuerdan, y el dolor de existir les parece preferible a la inquietud de no existir más. (…) La alegría de las cosas simples se ve iluminada por la luz de tu triste recuerdo. Eres esa luz negra pero intensa que, desde tu noche, aclara de nuevo el día de aquellos que habían dejado de ver."
Una andanada de tercetos atribuidos al amigo cierra "Suicidio", como si a la rigidez implacable de los dípticos la tríada le agregara una alternativa dialéctica. El último, austero y conmovedor como todo el libro, se lee como un epitafio, un colofón, un epílogo: "La felicidad me precede / La tristeza me sigue / La muerte me espera".
etiquetas